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Jul 19 '08
Desde la planta nuclear de Civitavecchia
Este es el texto que lei ayer en el homenaje. Se esperan comentarios, criticas y consejos. Saludos.
Desde la planta nuclear de Civitavecchia
Estamos en Civitavecchia. Ante nosotros se levantan las ruinas oxidadas de la antigua planta nuclear. El aire mueve las cenizas sobre el suelo, cada paso permite recordar que no hay nadie en muchos kilómetros a la redonda. El medidor Geiger ensordece, la luz entra moribunda por las mínimas ventanas, sus cristales están grises como los ojos de un dios ciego. Han pasado seis mil seiscientos sesenta y seis años desde el último cambio de milenio. Muchas cosas se han destruido, muchos libros se han olvidado.
Se escuchan repentinamente voces que te hacen pensar en un gigante moribundo, en un titán sobreviviendo agónico bajo el agua. Nos acercamos al origen del dialogo. Tres espectros pasean por el pasillo: Enrique Lihn (que mientras platica va dibujando olas en el suelo), Phillip K. Dick (que escupe cada tres pasos quejándose de un dolor de muelas) y García Madero (que se rasca la cabeza sin dejar de ver hacia una ventana que alguien ha dejado sin cristales).
Los tres fantasmas voltean al mismo tiempo. Preguntan que se te ofrece. Respondes con lo obvio: Busco a Roberto Bolaño. El Lihn ectoplasmico ríe. El K. Dick guarda silencio mientras voltea nervioso hacia los lados. García Madero, el espíritu perdido de García Madero, no hace más que mirar hacia la ventana. No lo encontrarás aquí, dice Enrique con voz de ultratumba. Lo ideal es que contrates a un detective, dice Phillip, y no a uno cualquiera, uno capaz de encontrar al último sapo del último pantano de la tierra. Talvez debería empezar mirando por detrás de la ventana, dice uno de ellos antes de que todos se vuelvan silencio.
Hablar del escritor Roberto Bolaño parece una reiteración. Basta poner su nombre en el Google para encontrar 475,000 resultados. Unos lo han llamado un fenómeno mediático. Otros un carpetazo histórico a Cortazar. Hay quienes se citan como sus amigos, otros lo vuelven personaje de novela, ya se hizo una obra de teatro y se realiza una película basada en sus obras. Unos los idolatran, otros lo maldicen, muchos lo imitan, otros prenden el fuego a los que le adoran. Lo único que valida seguir escribiendo sobre él, el escritor detrás de la ola de referencias y alabanzas y libros y ataques, es que esto abre la posibilidad a leerlo por primera vez, o mejor aun, a releerlo.
Yo quiero hablar del Bolaño cuentista. Talvez porque fue así que empecé a leerlo. Posiblemente porque me siento identificado con el género. Sobretodo porque tengo la hipótesis de que el escritor era, antes que todo, un narrador de cuentos.
Muchos de sus poemas tienen un pulso narrativo. Sus novelas, sobretodo las dos consideradas como su obra mayor, tienen parte de su engranaje basadas en la lógica del cuento. Ya sea la parte media de los detectives o la cuarta de 2666, los textos vuelven del relato un rompecabezas y un laberinto, un hablar sobre lo que pasa más allá de a quién le pasa. Sus novelas “Estrella distante”, “Amuleto” y “Una Novelita Lumpen” nacieron respectivamente de cuentos incluidos en “La literatura nazi en América”, la parte media de “Los detectives salvajes” y un texto inédito que aparece en “El secreto del mal”.
No debiera ser mi opinión algo sorpresivo: muchas veces contó que en sus primeros años en España sobrevivió de los concursos regionales de cuento y poesía. Épocas de cazador de búfalos, de gaucho desesperado en una pampa literaria. Al decir que las obras cortas del escritor son mejores que sus novelas me cuelgo a mi mismo el titulo de farmacéutico ilustrado, parafraseando a Amalfitano. Después el mismo personaje agrega: el cuento es una batalla, pero la novela es una guerra. Por eso, debo precisar antes de que hordas de cultistas busquen arrancarme los ojos y las manos, que no afirmo que sean mejores los cuentos que las novelas, sino solo que los primeros están en los segundos y aún en las poesías. Aunque, a pesar de todo, sigo defendiendo que mi libro favorito es Putas Asesinas.
Puntualizar las características literarias de Bolaño me parece aun más peligroso que la tesis anterior. Mucho podrá ponerse en mi contra, demasiadas herramientas de las que desconozco serán usadas para despedazar mis argumentos. De cualquier forma enumero algunos de los rasgos que creo yo pueden definir su literatura: un estilo fluido que sin embargo esconde una trama compleja; el uso de recursos poéticos como la repetición y las metáforas agudas; el uso efectivo de estructuras propias de las novelas policíacas dando al lector un tono de misterio o crimen que no acaba de resolverse; personajes marginales o desesperados; el uso de terceros que relatan anécdotas inverosímiles que al ser el relato del relato de un relato logra otorgarles un realismo absurdo; el uso de personajes “alter ego” que le permiten reinventarse; la sutil simpatía que logran sus protagonistas a pesar de ser seres melancólicos o derrotados en persecuciones fantasmas.
El autor disfrazado de Arturo Belano, de B, de un chileno sin nombre, es casi siempre, o da la impresión de ser, el mismo cuentista. Este, repetido y multiplicado en miles en sus novelas, escribe sobre historias que parecieran ser sencillas repeticiones de una vivencia real, pero que se van moviendo hacia otro sitio, hacia un final que muchas veces queda sin nombrar, pero se intuye terrible. La autobiografía llevada a lo imaginativo, o mejor dicho, lo irreal llevado a lo autobiográfico. Leer a Roberto Bolaño, es por lo menos en mi caso, una experiencia que pareciera cargarme de fuerza narrativa. En lo personal me emociona, me permite ver mundos que reconozco similares, pero al mismo tiempo son iluminados con una luz de atardecer en el Apocalipsis. Uno sabe que mira al mismo horizonte, aunque la tierra entera se haya vuelto un cementerio, aunque la visión que tenemos sea la que nos da una pequeña ventana en las ruinas arqueológicas de una planta nuclear en Civitavecchia.
A tu izquierda aparece el espíritu sonriente de una mujer que dice llamarse Auxilio Lacouture. Debes buscar a Cesarea Tinajero, a Alberto Ruiz-Tagle o a Benno von Archimboldi, comenta. ¿Por donde empiezo? Preguntas al tiempo que las vigas del techo, cargadas de uranio enriquecido, crujen con los brincos de ratas policía. La fantasma mueve su cabellera translucida y sonríe en un gesto que parece maternal. Yo empezaría hablando con putas asesinas, contactando mediante llamadas telefónicas a más de algún escritor nazi en América, o si te gusta la poesía, asistiendo a algún curso de la universidad desconocida. También lo rastrearía en los desiertos de Sonora, en Santa Teresa, o en los bares subterráneos de Acapulco. En los talleres literarios más explosivos del Distrito Federal, en las ramblas de Cataluña, en las guerras eternas de Africa, en los calabozos sadomasoquistas, en las morgues sobrepobladas, en los campamentos veraniegos de Europa. En una casa en Blaine, pero no en Chile, nunca busques a un neochileno en Chile. Ella también se vaporiza.
Te levantas. Afuera se ve el desierto en que se convirtió el mundo. Después de seis siglos casi todos los escritores se han arrojado al precipicio. La ceniza asciende en el cielo sangrante, se vuelve nubes y escribe poemas. A lo lejos se ven jóvenes latinoamericanos, adultos latinoamericanos, viejos latinoamericanos. Unos con la certeza de que vale la pena morir por algo, los mas recientes sin saber que es aquello que les ilumina a los otros, pero seguros de que solo queda seguir de frente y gritar y bufar con fuerza dejándolo todo incinerado. Sigo sin entenderlo, dice el espectro de algún desconocido que miras ahora a tu lado. ¿Qué no entiendes?, le cuestionas. Lo que hay detrás de la ventana, concluye y empieza a reír. ¿Qué es tan gracioso? Le preguntas finalmente. Solo que supongo que todo lo que empieza como un texto para un homenaje termina como una comedia.
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